Las células madres embrionarias cumplen diez años

  • Hace 10 años se demostró que era posible obtener células madre de un embrión
  • Desde entonces se ha avanzado más con las células madre adultas y la reprogramación
  • MADRID.- “Un grupo de científicos ha logrado uno de los hitos más esperados de la biología moderna: aislar, a partir de embriones humanos, un tipo primitivo de célula que puede convertirse en cualquier tipo de tejido. Desde músculos, huesos o cerebro”. Así comenzaba una de las crónicas periodísticas que se hacía eco del descubrimiento, el 6 de noviembre de 1998, de las células madre embrionarias.

    El diario ‘The Washington Post’ decía que se habían hallado las ‘minas de oro de la biotecnología’, y apostaba por que el nuevo material permitiría a los científicos reemplazar tejidos dañados en pacientes con varias enfermedades en el futuro. “Neuronas para gente con Alzheimer o células pancreáticas para diabéticos”.

    La predicción no se ha cumplido aún, diez años después de que James Thomson (de la Universidad de Wisconsin) en la revista ‘Science’ y James Gearhart (de la Johns Hopkins de Baltimore) en las páginas del ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ llegasen a la misma conclusión: Era posible obtener células madre a partir de la masa celular interna de un embrión humano en su fase de blastocisto, es decir, cuando está formado por unas 50-150 células y apenas han transcurrido cuatro o cinco días de la fecundación.

    Ambos utilizaron entonces medios y material de procedencia absolutamente privada (“hasta el último cable del laboratorio”) para evitar cualquier controversia relacionada con la financiación pública de sus trabajos. Thomson empleó embriones sobrantes de procesos de fecundación ‘in vitro’ donados por las parejas y Gearhart, tejido de fetos abortados. Curiosamente, la controversia ética alrededor de estas investigaciones y los problemas para utilizar fondos federales en EEUU son de las pocas cosas que no han cambiado desde entonces en un campo que no deja de dar pasos de gigante hacia una verdadera medicina regenerativa.

    Controversia ética, avances científicos

    A pesar de que se han conseguido grandes logros en terapia celular (conocimiento de la biología celular y avances con otras células madre), en lo tocante a las embrionarias (las que dan lugar a todos los tejidos durante el proceso de formación del organismo, y que se conocían en los ratones ya desde 1981) parece que han protagonizado en este tiempo más titulares por cuestiones políticas y éticas que científicas.

    “En la última década hemos estado trabajando con una mano atada a la espalda”, se lamenta Robert Lanza, director científico de la compañía Advanced Cell Technology y profesor de Medicina Regenerativa en la Universidad Wake Forest, que critica a los grupos “provida y religiosos” por encabezar “esta controversia política”.

    Lanza, uno de los pioneros en la clonación de embriones con el fin de extraer células madre embrionarias, reconoce a elmundo.es que “éste ha sido un capítulo triste en la historia científica, y por primera vez se han aprobado leyes para criminalizar a los científicos. La consecuencia es que prácticamente no ha habido dinero público [para investigar con células madre embrionarias] y, claro, sin dinero no se puede investigar. Me duele pensar dónde habríamos podido llegar y cuántas vidas se habrían podido salvar”.

    Dos nuevas fuentes: adultas e iPS

    Aunque nadie quiera renunciar a ellas por sus tremendas posibilidades, los científicos han ampliado su campo de investigación a otros dos tipos: las células madre adultas (presentes prácticamente en la mayoría de los tejidos del cuerpo) y las llamadas iPS (células de pluripotencialidad inducida, según sus siglas en inglés).

    Estas últimas son, en realidad, una especie de ‘tercera vía’, una virguería de ingeniería genética que permite tomar una célula adulta (de la piel o el cabello, por ejemplo) y reprogramarla hacia atrás para lograr que vuelva a un estadio similar al embrionario. A partir de ahí, lo que era inicialmente un fibroblasto o un queratinocito (células de la piel) puede manipularse de nuevo para crear neuronas, por ejemplo.

    El artífice de la reprogramación celular es Shinya Yamanaka (de la Universidad de Tokio), que describió la técnica por primera vez en 2006. Desde entonces, y sobre todo en estos últimos meses, se están empezando a superar los principales problemas que planteaba este método en sus orígenes para llegar a usarlo algún día como terapia.

    Porque para reprogramar células adultas y dotarlas de características embrionarias, hacen falta dos elementos no exentos de riesgo: un virus del tipo adenovirus o retrovirus, que actúa como ‘taxi’, y que lleva hasta el interior a cuatro ‘pasajeros’ que serán los encargados de cambiar el mecanismo celular; concretamente cuatro factores de crecimiento, algunos de los cuales son oncogénicos, es decir, que podrían aumentar el riesgo de que aparezca un tumor.

    Para solventar estos problemas, se están realizando múltiples ensayos, liderados entre otros por el español Juan Carlos Izpisúa, en los que se ha empezado a sustituir al conductor vírico (que podría llegar a mezclar su ADN con el de la célula humana) por una molécula, un plásmido, que lleva a los pasajeros hasta el interior sin integrarse en el genoma de la célula. En cuanto a los oncogenes, los últimos ensayos están empezando a sustituirlos por otros elementos más seguros (como el ácido valproico), sin ningún potencial cancerígeno.

    A cambio de estas ‘pegas’, los investigadores reconocen que la utilización de las iPS no plantea ningún problema ético y, además, están exentas del riesgo de rechazo, porque están obtenidas del propio paciente. Además, ¿por qué retroceder hasta el principio y luego volver a avanzar? ¿No sería posible reprogramar la célula hasta un estadio intermedio, no embrionario en sí mismo, y de ahí que se convierta en lo que el investigador quiera? Lo es, como lo demostró en agosto de 2008 Douglas Melton al convertir células adultas del páncreas en productoras de insulina a través de una especie de ‘atajo’, una conversión directa. “Me despierto cada día pensando cómo fabricar células beta”, confesó en su momento el padre de Emma y Sam, dos niños con diabetes tipo 1.

    Todo indica además, que en el futuro, las iPS se emplearán para estudiar modelos de enfermedades, es decir, para crear, por ejemplo, neuronas con el mismo defecto genético que tiene una persona con Alzheimer, para estudiar cómo se comporta la enfermedad o probar, en una simple placa de Petri, qué fármacos son eficaces contra la enfermedad.

    “Hay consenso en la comunidad científica en que debemos transitar por todas estas avenidas”, asegura Lanza por su parte, cuando se le pregunta si se deben centrar los esfuerzos únicamente en las células madre adultas. “Por eso se llama investigación, porque no tendremos las respuestas hasta que no hagamos los experimentos. Cada tipo de célula madre tendrá sus ventajas y desventajas, según qué tipo de enfermedad queramos tratar”.

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